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El otro Carlos de Inglaterra que se hizo una peluca con vello púbico de sus amantes

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May 4, 2023

DLN-.No había color. La tiranía puritana que instauró en Inglaterra Oliver Cromwell no solo cortó la cabeza al rey Carlos I Estuardo. También cualquier pecaminosa diversión, desde el teatro a las tan británicas carreras de caballos, pasando por los pubs o tabernas y los bailes. Cuando se reinstauró la monarquía en el hijo del decapitado, Carlos II (1630-1685), once años después, estallaron con hambre atrasada todas las pasiones. Al ancestro del flamante rey británico se le conoce como el Monarca Feliz. Además de por convertirse en un gran mecenas de las artes, por haber instaurado «una época de libertad y experimentación sexual».

Le pirraban las mujeres tanto como las pelucas. La afición por los postizos la llevó a Inglaterra de su exilio forzoso en Francia, donde se pusieron de moda por una calvicie prematura del rey galo Luis XIII (1601-1643). En cuanto éste cubrió su alopecia, se multiplicaron sus imitadores. No solo en Versalles, donde la Casa Real tuvo que contratar cuarenta y ocho artesanos para abastecer la demanda. Progresivamente, las pelucas se convirtieron en distintivo de distintas profesiones –desde abogados, jueces, escribas o profesores, hasta ayudantes de cocina y los propios peluqueros—y hasta los niños usaban peluca.

Con Carlos II, en Inglaterra, nadie que quisiese prosperar en la vida podía hacerlo sin llevar una buena peluca, según el Diario de Samuel Pepys. El Rey Feliz halló pronto el modo de combinar su frenesí por aquella moda y sus pasiones más carnales: mandó que se le confeccionase una peluca con los pelos púbicos de su legión de amantes. Los anales dan fe de que solo con las concubinas estables, sin contar las pasajeras, que compaginó con la reina consorte, Catalina de Braganza, había vellos más que suficientes para tan curioso postizo.

Sus queridas oficiales más esclarecidas están más que identificadas, pues fue tal su oficialidad que unas catorce fueron inmortalizadas por los mejores retratistas de la época. Algunas, incluso, en topless, como la actriz Nell Gwyn, pintada por Simon Verelst.

A esta artista se le atribuye una intervención decisiva en la adopción de un sistema anticonceptivo que desde entonces se llamaría «condón». La corte, por envidia o cuestiones morales, estaba escandalizada por tanta coyunda del monarca. Máxime porque su obsesión por las mujeres posibilitó que Francia, potencia enemiga, le colase más de una espía en la cama. Por ejemplo, está acreditado que una de estas agentes fue su última gran amante, la bretona Louise de Kérouaille, que le manejó al antojo del rey de Francia, hasta el punto de hacer que se convirtiera al catolicismo en su lecho de muerte, causando una gran perplejidad entre sus súbditos anglicanos.

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La actriz Nell Gwyn, pintada por Simon Verelst. (FUENTE EXTERNA)

Luego estaba el tema de tanta descendencia desperdigada. El duque de Buckingham comentó: «Se supone que un rey debe ser un padre para su pueblo y, ciertamente, Carlos es padre de muchos de sus miembros».

Ana Matos Rubio, entre otros expertos, atribuye la propagación del dispositivo a un tal doctor Condom, en 1656, y a Nelly Gwynn la sugerencia al soberano de «protegerse (y protegerla) de contagios o de embarazos. El médico real confeccionó un preservativo con una tripa de oveja bien estirada y aceitada cuyo uso se extendió rápidamente por la corte para disfrute de nobles o cortesanos». Otros apuntan que el origen del nombre de lo que también se llamó popularmente «gorra inglesa» o «capote inglés» se debe al obispo de Londres Henry Compton (1632-1713), que lo habría instigado, escandalizado.

Con o sin el preservativo, las amantes de Carlos II le dieron, al menos, quince retoños, aunque murió sin heredero legítimo y por eso la corona pasó a su hermano, James II, a su muerte. Tan de dominio público fue su prolijidad que a las hembras se les buscó casamiento con nobles dispuestos a apechugar con bastardas reales. Para los niños, el rey creó ducados y condados. En algún caso, les distinguió con el apellido FitzRoy, que viene a significar «hijo de rey».

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Curiosamente, algunos de estos hijos naturales son antepasados de personas que pertenecen a la actual familia real británica. Por ejemplo, del bastardo Charles Lennox (1672-1723), primer duque de Richmond y de Lennox, descienden, al mismo tiempo, Camila Parker-Bowles, flamante reina consorte, la finada Lady Diana Spencer, primera y cornuda mujer del hoy rey, así como Sarah Ferguson, duquesa de York tras casarse con uno de los hermanos de Carlos III, el polémico príncipe Andrés, ahora caído en desgracia por aventuras sexuales. Fergie, como es popularmente conocida la exmujer de Andrés, también desciende, a la vez, de otro hijo ilegítimo de Carlos II, James Scott (1649-1685), primer duque de Monmouth, que se alzó en armas para hacer valer su supuesta primogenitura contra su tío, el rey James II, que había sucedido a Carlos II. Protagonizó la llamada Rebelión de Monmouth y llegó a declararse monarca de Inglaterra, antes de ser capturado y decapitado (como su abuelo Carlos I), aunque con alguna dificultad, debida a lo poco afilada que estaba la herramienta utilizada: el verdugo necesitó cinco escalofriantes golpes de hacha. Trescientos veinte de sus acólitos también fueron ejecutados y sus cadáveres, sin cabeza, exhibidos públicamente. Otros fueron deportados como esclavos, aunque también hubo algunos rebeldes que fueron indultados, como un joven Daniel Defoe (1660-1731), pionero de la prensa económica, que luego se hizo famoso por escribir la novela Robinson Crusoe y cuentos como el titulado El fabricante de pelucas.

Hubo un momento en que Carlos II se cansó de la peluca elaborada con vellos púbicos de sus amantes y se la regaló a un grupo de sátiros escoceses. Formaban un selecto club hedonista, llamado Beggar´s Benison (algo así como La bendición de la mendiga), cuyos miembros (valga la redundancia) se reunían para disfrutar de la pornografía, mujeres desnudas y unas llamativas masturbaciones colectivas, como rebeldía ante las voces alarmistas sobre los efectos nocivos del onanismo en la salud.

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Carlos II Estuardo coincidió con los miembros del Beggar´s Benison en una visita a Escocia y quedó tan satisfecho con las bacanales que le habían organizado aquellos libertinos que luego les envió como regalo la, al parecer, abultada melena pudenda. Pretendía que, a través de ese símbolo, sus añorados compañeros de desenfrenos tuvieran siempre presente –o siempre en la cabeza— la grandeza de la virilidad de su monarca. Aquella pelambrera estaba imbuida de la superstición de que quien se la ponía incrementaba su potencia sexual en el acto.

Está documentada la utilización de la peluca real y surrealista en actos públicos del club. También el cisma que vivió la calenturienta sociedad, en 1775, y cómo un descendiente de aquellos librepensadores, el conde de Moray, se fugó con el casco peludo para fundar su propia sociedad, Wig Club (el Club de la Peluca), donde los nuevos miembros se comprometían a contribuir con pelos de las partes de sus propias amantes para compensar la caída capilar de la peluca provocada por el uso y paso del tiempo.

Muchos objetos de ambos clubes pervivieron, a pesar de las oleadas de puritanismo posteriores. A un pastor anglicano de Glasgow se le atribuye la resistencia a las presiones para quemar aquellos artilugios, incluida la peluca. Con el tiempo, acabaron en la Universidad de Saint Andrews, engrosando la Colección Kavanagh, que salió a la luz en los años 1990, cuando un profesor abrió de casualidad el almacén perdido.

Todo lo que queda hoy de la cabellera vedijosa de Carlos II es la caja de madera donde se guardaba, así como el armazón interno, con forma de cabeza, donde se colocaba. Se desconoce qué ocurrió con ella, de la que podemos hacernos una idea por la ilustración de la portada del tomo de las actas de las reuniones del Club de la Peluca. Tony Perrottet asegura que el último rastro que se tiene de la peluca es de 1938, cuando un historiador de la Universidad de Columbia la sitúa en una oficina de abogados. Especula con una operación del palacio de Buckingham para eliminar ese rastro de tan licencioso ancestro. El historiador David Stevenson ofrece una posibilidad más pedestre: «Me imagino a un pobre empleado de un bufete metiendo un día la mano en un armario oscuro y descubriendo una asquerosa bola de pelo. Probablemente, dejó escapar un grito y lo lanzó directamente al fuego».

(M.Á. Ordóñez, periodista y divulgador histórico, es autor del libro Cachito, cachito mío, de editorial Modus Operandi, donde cuenta esta y otras historias de pedazos de personajes históricos)

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